I


Le gusta salir luego de la lluvia a contar charquitos. El olor a humedad de la calle le recuerda los días con su abuela, cuando asomadas por la ventana contaban las gotitas que iban derramándose como lágrimas por el vidrio. El cristo frente a la cama donde tantas veces llegó llorando por los correazos de su padre. La abuela la acostaba y le frotaba el ungüento mientras los sollozos menguaban. Ella, embelesada miraba la tapa de ungüento: un tigre enseñando la dentadura.


La abuela, una santanderiana de larga cabellera le contaba historias de forasteros y godos. Ella, la niña, se imaginaba a la abuela de pequeña, hondamente blanca, revoloteando por ahí con una sonrisa tímida y con un vestido de flores. Daría mucho por conocer a la abuela de niña, por vivir en un pueblo y tener un papá que no le pegara con la correa.


Isabel Caicedo

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